Nunca debí voltear a mirar

Mientras una arveja bañada en sangre descendía despacio por la pared, la mujer sudaba, y con uno de sus brazos limpiaba su frente. Esa tarde había sido incomodísima, estaba con mi familia en algún pueblo de clima templado cerca de Bogotá, pasando el fin de semana. El calor era insoportable, seco, y no había viento. Tras un par de horas en la piscina, el cuerpo se siente cansado y el hambre apremia. Era hora de almorzar. Continue reading
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