Nunca debí voltear a mirar

Mientras una arveja bañada en sangre descendía despacio por la pared, la mujer sudaba, y con uno de sus brazos limpiaba su frente. Esa tarde había sido incomodísima, estaba con mi familia en algún pueblo de clima templado cerca de Bogotá, pasando el fin de semana. El calor era insoportable, seco, y no había viento. Tras un par de horas en la piscina, el cuerpo se siente cansado y el hambre apremia. Era hora de almorzar.
Mi mamá, unos amigos de la familia y yo, buscábamos un lugar para almorzar, asaderos, restaurantes, cafés, todo estaba llenísimo. Filas, sí ¡filas!, para almorzar en Villeta, un pueblo que no sobrepasa los 20000 habitantes, según el más reciente censo del DANE. La búsqueda fue eterna, lugar a lugar lleno, nada estaba desocupado. El sol ascendía poco a poco, hasta su punto máximo, ya era casi medio día y nosotros sin rumbo fijo. Ana, una amiga de mi mamá desistía poco a poco de la idea, – mejor vámonos a la finca, compremos pan, queso y mortadela y ya….hacemos sándwiches – Su esposo, quién años después la dejara con un ojo morado y dos hijos, le replicaba que dejara de cansar, que más bien pensara si hacíamos fila allí, allá o qué. Mi mamá insistía que mejor nos devolviéramos a un restaurante modesto que habíamos visto hace un rato…que mejor comer algo rápido ahí, no hacer tanta fila y ya. Finalmente, decidimos volver al primer restaurante que habíamos visto, pero cómo es la vida, de vuelta resultamos encontrando el lugar perfecto.
 
La plaza del pueblo es amplia y está dividida en dos secciones. La primera, es el mercado local que cada miércoles y cada sábado, se llena de los más exóticos productos alimenticios que da nuestro campo. La segunda, es una hilera de locales de baldosa blanca, adornados con los platos típicos de la región. Nuestro grupo, caminaba por el medio de los locales buscando cuál sería el más indicado para almorzar, pero la verdad uno u otro daba la misma, el único con ventaja era un local al fondo de la plaza, que tenía una mesa desocupada.
Entramos, y nos recibió amablemente la dueña del local, quien nos invitó a sentarnos, -¿algo de tomar? – nos preguntó, –Sí, gaseosas para todos -. El local era pequeño, de apenas unos 10 metros cuadrados, unas seis mesas apeñuscadas, una mini cocina sin división, una nevera y el mostrador. La mesa era una de esas mesas antiguas, de patas metálicas y una formica que imitaba alguna madera fina. Antes de servirnos las gaseosas, la dueña cubrió la mesa con varios pliegos de papel, que combinaban muy bien con las sillas rimax color beige. Ella, una mujer madura de más de cuarenta, morena, cuerpo robusto y pelo rizado. Vestía un jean, camisa manga sisa, un gorro blanco y unas pantaneras blancas. – Estoy terminando de cocinar la comida, todo está fresquito – dijo la dueña del local. La espera por el almuerzo estaba por terminar.
 
Los adultos seguían conversando, arreglando el mundo en medio de sus discusiones, mientras yo me entretenía con las moscas y los bichos de la región que ocasionalmente se posaban sobre la mesa. Mi tranquilidad y distracción se vieron repentinamente interrumpidas por un extraño ruido que provenía detrás de la nevera. Nunca debí voltear a mirar.
Ella, la mujer morena robusta, ejercitaba sus músculos con su hacer diario, empujón a empujón, rellenaba una especie de condón gigantesco, de más de un metro de largo. En el piso, a su lado, había un balde amarillo lleno de una extraña mezcla, la cual era sacada con una gran cuchara hasta un embudo de madera, que terminaba conectado al condón gigantesco. La escena era grotesca. Ella, forzaba la mezcla con el mango de la cuchara, hasta el interior del condón sin fin, mientras limpiaba el sudor de su frente, presionaba y presionaba la mezcla. Con cada pulso, arvejas, arroces y otras masas, que más adelante supe que eran coágulos de sangre, salpicaban las blancas paredes del pequeño local. Se escurrían poco a poco, dejando un rastro de sangre en la pared, según la dirección en la que hubieran sido expulsadas desde el embudo gigante. En ese momento lo entendí todo, las manchas en sus botas no eran más que restos de otras cocciones. El condón no era condón, era la tripa de un cerdo, y lo peor de todo la mezcla extraña no sólo era una sopa de sangre coagulada con arvejas y arroces flotantes, sino que aún peor: era mi almuerzo.
 
Al terminar de llenar la tripa, la mujer la cerró con un nudo de bomba de cumpleaños, la tanteó y la reunió con muchas otras que nadaban en una paila de aceite café hirviendo. Yo, verde y a punto de vomitar, miraba con desconcierto la canasta que paso a paso se acercaba con trozos de aquel plato típico, que todos en la mesa miraban con deseo. La señora nos pasó la canasta, y mientras los trozos aún chorreaban aceite sobre los pliegos de papel, ella nos decía –comida más fresca, no van a encontrar por acá -. Yo la miré con desconcierto, voltee a mirar la canasta de nuevo, y no puede mencionar palabra. Mi mamá, me miró y me dijo – Juan, come algo de sal, que después te enfermas por comer sólo galguerías -, me hice el loco y me tomé poco a poco gaseosa. Ese día sólo almorcé papa criolla.
Advertisements
Standard

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s